{"id":864,"date":"2013-01-08T12:56:38","date_gmt":"2013-01-08T11:56:38","guid":{"rendered":"http:\/\/arzmadrid.es\/svsc\/wp\/?page_id=864"},"modified":"2013-01-08T12:58:06","modified_gmt":"2013-01-08T11:58:06","slug":"capitulo-ii-el-pueblo-de-dios","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/?page_id=864","title":{"rendered":"Cap\u00edtulo II: El Pueblo de Dios"},"content":{"rendered":"<h1 align=\"center\"><span style=\"color: #800080;\"><b>CAP\u00cdTULO II:\u00a0<\/b><b><i>EL PUEBLO DE DIOS<\/i><\/b><\/span><\/h1>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/arzmadrid.es\/svsc\/wp\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"865\" data-permalink=\"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/?attachment_id=865\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg?fit=1600%2C1064&amp;ssl=1\" data-orig-size=\"1600,1064\" data-comments-opened=\"0\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"jmj 2011 madrid cuatro vientos\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-medium-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg?fit=300%2C199&amp;ssl=1\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg?fit=1024%2C680&amp;ssl=1\" class=\"alignleft size-thumbnail wp-image-865\" alt=\"jmj 2011 madrid cuatro vientos\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/arzmadrid.es\/svsc\/wp\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos-150x150.jpg?resize=150%2C150\" width=\"150\" height=\"150\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg?resize=150%2C150&amp;ssl=1 150w, https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg?zoom=2&amp;resize=150%2C150 300w, https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/uploads\/2013\/01\/jmj-2011-madrid-cuatro-vientos.jpg?zoom=3&amp;resize=150%2C150 450w\" sizes=\"auto, (max-width: 150px) 100vw, 150px\" \/><\/a>9. En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia (cf. <i>Hch<\/i>10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexi\u00f3n alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligi\u00f3 al pueblo de Israel como pueblo suyo, pact\u00f3 con \u00e9l una alianza y le instruy\u00f3 gradualmente, revel\u00e1ndose a S\u00ed mismo y los designios de su voluntad a trav\u00e9s de la historia de este pueblo, y santific\u00e1ndolo para S\u00ed. Pero todo esto sucedi\u00f3 como preparaci\u00f3n y figura de la alianza nueva y perfecta que hab\u00eda de pactarse en Cristo y de la revelaci\u00f3n completa que hab\u00eda de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. \u00abHe aqu\u00ed que llegar\u00e1 el tiempo, dice el Se\u00f1or, y har\u00e9 un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Jud\u00e1&#8230; Pondr\u00e9 mi ley en sus entra\u00f1as y la escribir\u00e9 en sus corazones, y ser\u00e9 Dios para ellos y ellos ser\u00e1n mi pueblo&#8230; Todos, desde el peque\u00f1o al mayor, me conocer\u00e1n, dice el Se\u00f1or\u00bb (<i>Jr<\/i> 31,31-34). Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. <i>1 Co<\/i> 11,25), lo estableci\u00f3 Cristo convocando un pueblo de jud\u00edos y gentiles, que se unificara no seg\u00fan la carne, sino en el Esp\u00edritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. <i>1 P<\/i> 1,23), no de la carne, sino del agua y del Esp\u00edritu Santo (cf. <i>Jn<\/i> 3,5-6), pasan, finalmente, a constituir \u00abun linaje escogido, sacerdocio regio, naci\u00f3n santa, pueblo de adquisici\u00f3n&#8230;, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios\u00bb (<i>1 P<\/i> 2, 9-10).<\/p>\n<p>Este pueblo mesi\u00e1nico tiene por cabeza a Cristo, \u00abque fue entregado por nuestros pecados y resucit\u00f3 para nuestra salvaci\u00f3n\u00bb (<i>Rm<\/i> 4,25), y teniendo ahora un nombre que est\u00e1 sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condici\u00f3n de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Esp\u00edritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos am\u00f3 a nosotros (cf. <i>Jn<\/i> 13,34). Y tiene en \u00faltimo lugar, como fin, el dilatar m\u00e1s y m\u00e1s el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos El mismo tambi\u00e9n lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. <i>Col<\/i>3,4), y \u00abla misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupci\u00f3n para participar en la libertad de los hijos de Dios\u00bb (<i>Rm<\/i> 8,21). Este pueblo mesi\u00e1nico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey peque\u00f1a, es, sin embargo, para todo el g\u00e9nero humano, un germen segur\u00edsimo de unidad, de esperanza y de salvaci\u00f3n. Cristo, que lo instituy\u00f3 para ser comuni\u00f3n de vida, de caridad y de verdad, se sirve tambi\u00e9n de \u00e9l como de instrumento de la redenci\u00f3n universal y lo env\u00eda a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. <i>Mt<\/i> 5,13-16).<\/p>\n<p>As\u00ed como al pueblo de Israel, seg\u00fan la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. <i>2 Esd<\/i> 13,1; <i>Nm<\/i> 20,4; <i>Dt<\/i> 23,1 ss), as\u00ed el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. <i>Hb<\/i> 13,14), tambi\u00e9n es designado como Iglesia de Cristo (cf. <i>Mt<\/i> 16,18), porque fue El quien la adquiri\u00f3 con su sangre (cf. <i>Hch<\/i> 20,28), la llen\u00f3 de su Esp\u00edritu y la dot\u00f3 de los medios apropiados de uni\u00f3n visible y social. Dios form\u00f3 una congregaci\u00f3n de quienes, creyendo, ven en Jes\u00fas al autor de la salvaci\u00f3n y el principio de la unidad y de la paz, y la constituy\u00f3 Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salut\u00edfera [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn15\">15<\/a>]. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Se\u00f1or y, bajo la acci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.<\/p>\n<p>10. Cristo Se\u00f1or, Pont\u00edfice tomado de entre los hombres (cf. <i>Hb<\/i> 5,1-5), de su nuevo pueblo \u00abhizo&#8230; un reino y sacerdotes para Dios, su Padre\u00bb (<i>Ap<\/i> 1,6; cf. 5,9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneraci\u00f3n y la unci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llam\u00f3 de las tinieblas a su admirable luz (cf. <i>1 P<\/i> 2,4-10). Por ello todos los disc\u00edpulos de Cristo, perseverando en la oraci\u00f3n y alabando juntos a Dios (cf. <i>Hch<\/i> 2,42-47), ofr\u00e9zcanse a s\u00ed mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. <i>Rm<\/i> 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den tambi\u00e9n raz\u00f3n de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. <i>1 P<\/i> 3,15).<\/p>\n<p>El sacerdocio com\u00fan de los fieles y el sacerdocio ministerial o jer\u00e1rquico, aunque diferentes esencialmente y no s\u00f3lo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del \u00fanico sacerdocio de Cristo [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn16\">16<\/a>]. El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucar\u00edstico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucarist\u00eda [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn17\">17<\/a>] y lo ejercen en la recepci\u00f3n de los sacramentos, en la oraci\u00f3n y acci\u00f3n de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegaci\u00f3n y caridad operante.<\/p>\n<p>11. El car\u00e1cter sagrado y org\u00e1nicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes. Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el car\u00e1cter al culto de la religi\u00f3n cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, est\u00e1n obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn18\">18<\/a>]. Por el sacramento de la confirmaci\u00f3n se vinculan m\u00e1s estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Esp\u00edritu Santo, y con ello quedan obligados m\u00e1s estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn19\">19<\/a>]. Participando del sacrificio eucar\u00edstico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la V\u00edctima divina y se ofrecen a s\u00ed mismos juntamente con ella [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn20\">20<\/a>]. Y as\u00ed, sea por la oblaci\u00f3n o sea por la sagrada comuni\u00f3n, todos tienen en la celebraci\u00f3n lit\u00fargica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto. M\u00e1s a\u00fan, confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucar\u00edstica, muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este august\u00edsimo sacramento.<\/p>\n<p>Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perd\u00f3n de la ofensa hecha a El y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversi\u00f3n con la caridad, con el ejemplo y las oraciones. Con la unci\u00f3n de los enfermos y la oraci\u00f3n de los presb\u00edteros, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Se\u00f1or paciente y glorificado, para que los alivie y los salve (cf. <i>St<\/i> 5,14-16), e incluso les exhorta a que, asoci\u00e1ndose voluntariamente a la pasi\u00f3n y muerte de Cristo (cf. <i>Rm<\/i> 8,17; <i>Col<\/i> 1,24; <i>2 Tm<\/i> 2,11-12; <i>1 P<\/i> 4,13), contribuyan as\u00ed al bien del Pueblo de Dios. A su vez, aquellos de entre los fieles que est\u00e1n sellados con el orden sagrado son destinados a apacentar la Iglesia por la palabra y gracia de Dios, en nombre de Cristo. Finalmente, los c\u00f3nyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que significan y participan el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. <i>Ef<\/i>5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreaci\u00f3n y educaci\u00f3n de la prole, y por eso poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn21\">21<\/a>]. De este consorcio procede la familia, en la que nacen nuevos ciudadanos de la sociedad humana, quienes, por la gracia del Esp\u00edritu Santo, quedan constituidos en el bautismo hijos de Dios, que perpetuar\u00e1n a trav\u00e9s del tiempo el Pueblo de Dios. En esta especie de Iglesia dom\u00e9stica los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocaci\u00f3n propia de cada uno, pero con un cuidado especial la vocaci\u00f3n sagrada<\/p>\n<p>Todos los fieles, cristianos, de cualquier condici\u00f3n y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvaci\u00f3n, son llamados por el Se\u00f1or, cada uno por su camino, a la perfecci\u00f3n de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.<\/p>\n<p>12. El Pueblo santo de Dios participa tambi\u00e9n de la funci\u00f3n prof\u00e9tica de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. <i>Hb<\/i> 13.15). La totalidad de los fieles, que tienen la unci\u00f3n del Santo (cf. <i>1 Jn<\/i> 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando \u00abdesde los Obispos hasta los \u00faltimos fieles laicos\u00bb [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn22\">22<\/a>] presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Esp\u00edritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente \u00aba la fe confiada de una vez para siempre a los santos\u00bb (<i>Judas<\/i> 3), penetra m\u00e1s profundamente en ella con juicio certero y le da m\u00e1s plena aplicaci\u00f3n en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, someti\u00e9ndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. <i>1 Ts<\/i> 2,13).<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, el mismo Esp\u00edritu Santo no s\u00f3lo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que tambi\u00e9n distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condici\u00f3n, distribuyendo a cada uno seg\u00fan quiere (<i>1 Co<\/i> 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean \u00fatiles para la renovaci\u00f3n y la mayor edificaci\u00f3n de la Iglesia, seg\u00fan aquellas palabras: \u00abA cada uno&#8230; se le otorga la manifestaci\u00f3n del Esp\u00edritu para com\u00fan utilidad\u00bb (<i>1 Co<\/i> 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los m\u00e1s comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y \u00fatiles a las necesidades de la Iglesia. Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunci\u00f3n los frutos del trabajo apost\u00f3lico. Y, adem\u00e1s, el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Esp\u00edritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. <i>1 Ts<\/i> 5,12 y 19-21).<\/p>\n<p>13. Todos los hombres est\u00e1n llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y \u00fanico, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para as\u00ed cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio cre\u00f3 una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determin\u00f3 luego congregarlos (cf. <i>Jn<\/i> 11,52). Para esto envi\u00f3 Dios a su Hijo, a quien constituy\u00f3 en heredero de todo (cf. <i>Hb<\/i> 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto, finalmente, envi\u00f3 Dios al Esp\u00edritu de su Hijo, Se\u00f1or y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociaci\u00f3n y unidad en la doctrina de los Ap\u00f3stoles, en la mutua uni\u00f3n, en la fracci\u00f3n del pan y en las oraciones (cf. <i>Hch<\/i> 2,42 gr.).<\/p>\n<p>As\u00ed, pues, el \u00fanico Pueblo de Dios est\u00e1 presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas re\u00fane sus ciudadanos, y \u00e9stos lo son de un reino no terrestre, sino celestial. Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los dem\u00e1s en el Esp\u00edritu Santo, y as\u00ed, \u00abquien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos\u00bb [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn23\">23<\/a>]. Y como el reino de Cristo no es de este mundo (cf. <i>Jn<\/i>18,36), la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ning\u00fan pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno. Pues es muy consciente de que ella debe congregar en uni\u00f3n de aquel Rey a quien han sido dadas en herencia todas las naciones (cf. <i>Sal<\/i> 2,8) y a cuya ciudad ellas traen sus dones y tributos (cf. <i>Sal<\/i> 71 [72], 10; <i>Is<\/i> 60,4-7; <i>Ap<\/i> 21,24). Este car\u00e1cter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Se\u00f1or con el que la Iglesia cat\u00f3lica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Esp\u00edritu [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn24\">24<\/a>].<\/p>\n<p>En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no s\u00f3lo re\u00fane a personas de pueblos diversos, sino que en s\u00ed mismo est\u00e1 integrado por diversos \u00f3rdenes. Hay, en efecto, entre sus miembros una diversidad, sea en cuanto a los oficios, pues algunos desempe\u00f1an el ministerio sagrado en bien de sus hermanos, sea en raz\u00f3n de la condici\u00f3n y estado de vida, pues muchos en el estado religioso estimulan con su ejemplo a los hermanos al tender a la santidad por un camino m\u00e1s estrecho. Adem\u00e1s, dentro de la comuni\u00f3n eclesi\u00e1stica, existen leg\u00edtimamente Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable el primado de la c\u00e1tedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn25\">25<\/a>], protege las diferencias leg\u00edtimas y simult\u00e1neamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de da\u00f1arla. De aqu\u00ed se derivan finalmente, entre las diversas partes de la Iglesia, unos v\u00ednculos de \u00edntima comuni\u00f3n en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros apost\u00f3licos y ayudas temporales. Los miembros del Pueblo de Dios son llamados a una comunicaci\u00f3n de bienes, y las siguientes palabras del ap\u00f3stol pueden aplicarse a cada una de las Iglesias: \u00abEl don que cada uno ha recibido, p\u00f3ngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios\u00bb (<i>1 P<\/i> 4,10).<\/p>\n<p>Todos los hombres son llamados a esta unidad cat\u00f3lica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles cat\u00f3licos, sea los dem\u00e1s creyentes en Cristo, sea tambi\u00e9n todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvaci\u00f3n.<\/p>\n<p>14. El sagrado Concilio fija su atenci\u00f3n en primer lugar en los fieles cat\u00f3licos. Y ense\u00f1a, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradici\u00f3n, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvaci\u00f3n. El \u00fanico Mediador y camino de salvaci\u00f3n es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras expl\u00edcitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. <i>Mc<\/i> 16,16; <i>Jn<\/i> 3,5), confirm\u00f3 al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podr\u00edan salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia cat\u00f3lica fue instituida por Dios a trav\u00e9s de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella.<\/p>\n<p>A esta sociedad de la Iglesia est\u00e1n incorporados plenamente quienes, poseyendo el Esp\u00edritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organizaci\u00f3n y todos los medios de salvaci\u00f3n establecidos en ella, y en su cuerpo visible est\u00e1n unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pont\u00edfice y los Obispos, por los v\u00ednculos de la profesi\u00f3n de fe, de los sacramentos, del gobierno y comuni\u00f3n eclesi\u00e1stica. No se salva, sin embargo, aunque est\u00e9 incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia \u00aben cuerpo\u00bb, mas no \u00aben coraz\u00f3n\u00bb [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn26\">26<\/a>]. Pero no olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condici\u00f3n no deben atribuirla a los m\u00e9ritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, ser\u00e1n juzgados con mayor severidad [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn27\">27<\/a>].<\/p>\n<p>Los catec\u00famenos que, movidos por el Esp\u00edritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, por este mismo deseo ya est\u00e1n vinculados a ella, y la madre Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos.<\/p>\n<p>15. La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comuni\u00f3n bajo el sucesor de Pedro [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn28\">28<\/a>]. Pues hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida, muestran un sincero celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de Dios Salvador [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn29\">29<\/a>]; est\u00e1n sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y adem\u00e1s aceptan y reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesi\u00e1sticas. Muchos de entre ellos poseen el episcopado, celebran la sagrada Eucarist\u00eda y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de Dios [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn30\">30<\/a>]. A\u00f1\u00e1dase a esto la comuni\u00f3n de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso cierta verdadera uni\u00f3n en el Esp\u00edritu Santo, ya que El ejerce en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias y a algunos de entre ellos los fortaleci\u00f3 hasta la efusi\u00f3n de la sangre. De esta forma, el Esp\u00edritu suscita en todos los disc\u00edpulos de Cristo el deseo y la actividad para que todos est\u00e9n pac\u00edficamente unidos, del modo determinado por Cristo, en una grey y bujo un \u00fanico Pastor [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn31\">31<\/a>]. Para conseguir esto, la Iglesia madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificaci\u00f3n y renovaci\u00f3n, a fin de que la se\u00f1al de Cristo resplandezca con m\u00e1s claridad sobre la faz de la Iglesia.<\/p>\n<p>16. Por \u00faltimo, quienes todav\u00eda no recibieron el Evangelio, se ordenan al Pueblo de Dios de diversas maneras [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn32\">32<\/a>]. En primer lugar, aquel pueblo que recibi\u00f3 los testamentos y las promesas y del que Cristo naci\u00f3 seg\u00fan la carne (cf. <i>Rm<\/i> 9,4-5). Por causa de los padres es un pueblo amad\u00edsimo en raz\u00f3n de la elecci\u00f3n, pues Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocaci\u00f3n (cf. <i>Rm<\/i> 11, 28-29). Pero el designio de salvaci\u00f3n abarca tambi\u00e9n a los que reconocen al Creador, entre los cuales est\u00e1n en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios \u00fanico, misericordioso, que juzgar\u00e1 a los hombres en el d\u00eda postrero. Ni el mismo Dios est\u00e1 lejos de otros que buscan en sombras e im\u00e1genes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de El la vida, la inspiraci\u00f3n y todas las cosas (cf. <i>Hch<\/i> 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. <i>1 Tm<\/i> 2,4). Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un coraz\u00f3n sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvaci\u00f3n eterna [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn33\">33<\/a>]. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvaci\u00f3n a quienes sin culpa no han llegado todav\u00eda a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparaci\u00f3n del Evangelio [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn34\">34<\/a>] y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida. Pero con mucha frecuencia los hombres, enga\u00f1ados por el Maligno, se envilecieron con sus fantas\u00edas y trocaron la verdad de Dios en mentira, sirviendo a la criatura m\u00e1s bien que al Creador (cf. <i>Rm<\/i> 1,21 y 25), o, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, se exponen a la desesperaci\u00f3n extrema. Por lo cual la Iglesia, acord\u00e1ndose del mandato del Se\u00f1or, que dijo: \u00abPredicad el Evangelio a toda criatura\u00bb (<i>Mc<\/i> 16,15), procura con gran solicitud fomentar las misiones para promover la gloria de Dios y la salvaci\u00f3n de todos \u00e9stos.<\/p>\n<p>17. Como el Hijo fue enviado por el Padre, as\u00ed tambi\u00e9n El envi\u00f3 a los Ap\u00f3stoles (cf. <i>Jn<\/i> 20,21) diciendo: \u00abId, pues, y ense\u00f1ad a todas las gentes, bautiz\u00e1ndolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp\u00edritu Santo, ense\u00f1\u00e1ndoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estar\u00e9 con vosotros siempre hasta la consumaci\u00f3n del mundo\u00bb (<i>Mt<\/i> 28,19- 20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibi\u00f3 de los Ap\u00f3stoles con orden de realizarlo hasta los confines de la tierra (cf. <i>Hch<\/i> 1,8). Por eso hace suyas las palabras del Ap\u00f3stol: \u00ab\u00a1Ay de m\u00ed si no evangelizare!\u00bb (<i>1 Co<\/i> 9,16), y sigue incesantemente enviando evangelizadores, mientras no est\u00e9n plenamente establecidas las Iglesias reci\u00e9n fundadas y ellas, a su vez, contin\u00faen la obra evangelizadora. El Esp\u00edritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituy\u00f3 a Cristo principio de salvaci\u00f3n para todo el mundo. Predicando el Evangelio, la Iglesia atrae a los oyentes a la fe y a la confesi\u00f3n de la fe, los prepara al bautismo, los libra de la servidumbre del error y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan en El hasta la plenitud. Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el coraz\u00f3n y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no s\u00f3lo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusi\u00f3n del demonio y felicidad del hombre. La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo disc\u00edpulo de Cristo en su parte [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn35\">35<\/a>]. Pero, aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, sin embargo, propio del sacerdote el llevar a su complemento la edificaci\u00f3n del Cuerpo mediante el sacrificio eucar\u00edstico, cumpliendo las palabras de Dios dichas por el profeta: \u00abDesde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblaci\u00f3n pura\u00bb (<i>Ml<\/i> ,1, 11) [<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftn36\">36<\/a>]. As\u00ed, pues, la Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios, Cuerpo del Se\u00f1or y templo del Esp\u00edritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda al Creador universal y Padre todo honor y gloria.<\/p>\n<p>________________________________________________________________________________________<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref15\">15<\/a>] Cf. San Cipriano,<i>Epist.<\/i>, 69, 6: PL 3, 1.142B; Hartel, 3B p. 754: \u00abSacramento inseparable de unidad\u00bb.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref16\">16<\/a>] Cf. P\u00edo XII, aloc. <i>Magnificate Dominum,<\/i> 2 nov. 1954: AAS 46 (1954) 669; enc. <i>Mediator Dei,<\/i> 20 nov. 1947: AAS 39 (1947) 555.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref17\">17<\/a>] Cf. P\u00edo XI, enc. <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/pius_xi\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_08051928_miserentissimus-redemptor_sp.html\">Miserentissimus Redemptor<\/a><\/i>, 8 mayo 1928: AAS 20 (1928) 171s.; Pio XII, aloc. <i>Vous nous avez,<\/i> 22 sept. 1956: AAS 48 (1956) 714.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref18\">18<\/a>] Cf. Santo Tom\u00e1s, <i>Summa Theol.<\/i>, III, q. 63, a. 2.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref19\">19<\/a>] Cf. San Cirilo Hieros., <i>Catech.<\/i> 17, <i>de Spiritu Sancto<\/i>, II, 35-37: PG 33, 1009-1012. Nic. Cabasilas, <i>De vita in Christo<\/i>, libro III, \u00abde utilitate chrismatis\u00bb. PG 150, 569-580. Santo Tom\u00e1s,<i>Summa Theol.<\/i>, III, q. 65, a. 3 y q. 72, a. 1 y 5.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref20\">20<\/a>] Cf. P\u00edo XII, enc. <i>Mediator Dei,<\/i> 20 nov. 1947: AAS 39 (1947), sobre todo 552s.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref21\">21<\/a>] 1 Co., 7, 7: \u00abCada uno tiene de Dios su propio don (idion=carisma): \u00e9ste uno; aqu\u00e9l, otro\u00bb. Cf. San Agust\u00edn, <i>De dono persev.<\/i>, 14, 37: PL 45, 1015s: \u00abNo s\u00f3lo la continencia, sino tambi\u00e9n la castidad conyugal es don de Dios\u00bb.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref22\">22<\/a>] Cf. San Agust\u00edn, <i>De praed. sanct.<\/i>, 14, 27: PL 44, 980.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref23\">23<\/a>] Cf. San J. Cris\u00f3stomo, <i>In Io.<\/i>, hom<i>.<\/i> 65, 1: PG 59, 361.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref24\">24<\/a>] Cf. San Ireneo, <i>Adv. haer.<\/i> III, 16, 6; III, 22, 1-3: PG 7, 925C-926A y 958A, Harvey, 2, 87 y 120-123. Sagnard, Ed. <i>Sources Chr\u00e9t.<\/i>, p. 290-292 y 372ss.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref25\">25<\/a>] Cf. San Ignacio M., <i>Ad Rom.<\/i>, praef.: Ed. Funk, I p.252.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref26\">26<\/a>] Cf. S. Agust\u00edn, <i>Bapt. c. Donat.<\/i>, V. 28, 39: PL 43, 197: \u00bb Es claro que cuando a prop\u00f3sito de la Iglesia se habla de \u00abdentro\u00bb y \u00abfuera\u00bb esto se refiere no al cuerpo sino al coraz\u00f3n\u00bb. Cf. ib., III, 19, 26: col. 152; V. 18, 24: col. 189; <i>In Io. Tr.<\/i> 61, 2: PL 35, 1800, y en otros lugares.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref27\">27<\/a>] Cf. <i>Lc<\/i>, 12, 48: \u00abMucho se exigir\u00e1 al que ha recibido mucho\u00bb. Cf. tambi\u00e9n <i>Mt<\/i>, 5, 19-20: 7, 21-22; 25, 41-46; <i>St<\/i>, 2, 14.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref28\">28<\/a>] Cf. Le\u00f3n XIII, cart. apost., <i>Praeclara gratulationis<\/i>, 20 jun. 1894: ASS 26 (1893-94), p. 707.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref29\">29<\/a>] Cf. Le\u00f3n XIII, enc. <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/leo_xiii\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_29061896_satis-cognitum_sp.html\">Satis cognitum<\/a><\/i>, 29 jun. 1896: ASS 28 (1895-1896), p. 738. Enc.<i>Caritatis studium<\/i>, 25 jul. 1898: ASS 31 (1898-1899), p. 11. P\u00edo XII mensaje radiof\u00f3n. <i>Nell&#8217;alba<\/i>, 24 dic. 1941: AAS 34 (1942), p. 21.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref30\">30<\/a>] Cf. P\u00edo XI, enc. <i>Rerum Orientalium<\/i>, 8 sept. 1928: AAS 20 (1928) 287. P\u00edo XII, enc.<i>Orientalis Ecclesiae,<\/i> 9 abr. 1944: AAS 36 (1944), p. 137.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref31\">31<\/a>] Cf. Instr. S. C. S. Oficio, 20 dic. 1949: AAS 42 (1950) 142.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref32\">32<\/a>] Cf. Santo Tom\u00e1s, <i>Summa Theol.<\/i>, III, q. 8, a. 3, ad 1.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref33\">33<\/a>] Cf. Epist., S. C. S. Oficio al arzobispo de Boston: Denz., 3869-72.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref34\">34<\/a>] Cf. Eusebio de Cesar., <i>Praeparatio Evangelica,<\/i> 1, 1: PG 21, 28AB.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref35\">35<\/a>] Cf. Benedicto XV, carta apost. <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/benedict_xv\/apost_letters\/documents\/hf_ben-xv_apl_19191130_maximum-illud_sp.html\">Maximum illud<\/a><\/i>: AAS 11 (1919) 440, especialmente p. 451 ss. P\u00edo XI, enc. <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/pius_xi\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_19260228_rerum-ecclesiae_sp.html\">Rerum Ecclesiae<\/a><\/i>: AAS 18 (1926) 68-69; P\u00edo XII, enc. <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/pius_xii\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_21041957_fidei-donum_sp.html\">Fidei Donum<\/a><\/i><i>,<\/i> 21 abr. 1957: AAS 49 (1957) 236-237.<\/p>\n<p>[<a title=\"\" href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html#_ftnref36\">36<\/a>] Cf. <i>Didach\u00e9<\/i>, 14; ed. Funk, I, p. 32. San Justino <i>Dial.<\/i>, 41:PG 6, 564. San Ireneo, <i>Adv. Haer.<\/i>, IV, 17, 5: PG 7, 1023; Harvey, 2, pp. 199 s. Conc. Trid. ses. 22, cap. I: Denz. 939 (1742).<\/p>\n<div class=\"sharelinks\" style=\"\">\n\t<a title=\"Cap\u00edtulo II: El Pueblo de Dios\" rel=\"nofollow\" target=\"_blank\" href=\"http:\/\/www.facebook.com\/sharer.php?u=https:\/\/svsc.archimadrid.es\/?page_id=864\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"56\" height=\"20\" alt=\"facebook\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/plugins\/facebook-google-twitter-share\/images\/facebook.png?resize=56%2C20&#038;ssl=1\"><\/a>\n\t<a title=\"Cap\u00edtulo II: El Pueblo de Dios\" rel=\"nofollow\" target=\"_blank\" href=\"https:\/\/plus.google.com\/share?url=https:\/\/svsc.archimadrid.es\/?page_id=864\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"60\" height=\"20\" alt=\"google plus\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/plugins\/facebook-google-twitter-share\/images\/googleplus.png?resize=60%2C20&#038;ssl=1\"><\/a>\n\t<a title=\"Cap\u00edtulo II: El Pueblo de Dios\" Nagar\" rel=\"nofollow\" target=\"_blank\" href=\"http:\/\/twitter.com\/home?status=Cap\u00edtulo II: El Pueblo de Dios https:\/\/svsc.archimadrid.es\/?page_id=864\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"70\" height=\"20\" alt=\"twitter\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/svsc.archimadrid.es\/wp-content\/plugins\/facebook-google-twitter-share\/images\/twitter.png?resize=70%2C20&#038;ssl=1\"><\/a>\n\t<\/div>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CAP\u00cdTULO II:\u00a0EL PUEBLO DE DIOS 9. En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia (cf. Hch10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexi\u00f3n alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara &hellip; <\/p>\n<p><a class=\"more-link btn\" href=\"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/?page_id=864\">Seguir leyendo<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":4,"featured_media":865,"parent":856,"menu_order":2,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","template":"","meta":{"jetpack_post_was_ever_published":false,"footnotes":""},"class_list":["post-864","page","type-page","status-publish","has-post-thumbnail","hentry","nodate","item-wrap"],"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/P2YM3J-dW","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_likes_enabled":false,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/pages\/864","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/pages"}],"about":[{"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/page"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/4"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=864"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/pages\/864\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":867,"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/pages\/864\/revisions\/867"}],"up":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/pages\/856"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/865"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/svsc.archimadrid.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=864"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}